El (no) valor de la importación – exportación de alimentos (II)

En el primer artículo de esta serie situaba a los lectores en la tesitura de su enorme responsabilidad a la hora de favorecer o no un determinado modelo de consumo agroalimentario como fórmula para favorecer (o no) el desarrollo social y económico de un territorio.

En definitiva, indicaba que la gran cadena alimentaria, que controla gran parte del mercado, solo se preocupa por regular los precios cumpliendo los estándares de calidad establecidos.

La visión que reflejan estos artículos se contrapone a la voluntad política actual, que incide en la necesidad de crear grandes cooperativas para promover la exportación de productos y la desatomización del sector. Es decir, pocos y grandes para ser comercialmente más competitivos.

Pero ¿qué provoca o, mejor dicho, a qué no beneficia el modelo de la gran cadena alimentaria? A continuación, enumero una serie de premisas que considero básicas y que el consumo agroalimentario debería proporcionar.

1. Consumo local, beneficio económico local. La compra de productos que recorren gran distancia no favorece que esta premisa se cumpla y el beneficio económico de nuestro comportamiento es abstracto para la mayoría de consumidores, ya que desconocen quiénes se enriquecen a costa de nuestros hábitos de compra.

2. Conexión entre productor y consumidor. No conocemos quién es el productor, pero confiamos en que la gran cadena alimentaria regule la calidad de los productos y no cometa errores. De hecho, este es un punto fuerte de la gran cadena alimentaria: la calidad de los productos está asegurada. No tengo datos para contradecir este activo del sistema dominante, pero sí que podemos visualizar fallos relevantes.

3. Conocimiento en torno al producto de consumo. La gran cadena alimentaria no obstaculiza la presencia de intermediarios, si estos son clave para que el producto consiga un precio óptimo de mercado. Pero la consecuencia de la intermediación es una barrera al conocimiento del propio producto.

4. Pedagogía en torno al consumo agroalimentario. La gran desconexión con el productor no propicia que se pueda realizar una tarea pedagógica (social, cultural y económica) sobre el beneficio del consumo de productos de proximidad.

5. Resiliencia del territorio. La capacidad de resistencia de un espacio geográfico será más vulnerable, en caso de crisis, si su modelo de consumo alimentario se basa en la importación y/o si su modelo económico se basa en la exportación de la producción local.

6. Cohesión social. La actividad agroalimentaria es, también, una oportunidad para integrar a la comunidad en grupos sociales que −por sus características− tienen una especial dificultad para encontrar una ocupación laboral.

7. Sostenibilidad medioambiental. El largo transporte que sufren los productos que consumimos genera un impacto en el medioambiente. Las reglas (calidad aceptable al mejor precio) de la cadena de valor no inciden en el transporte y sus consecuencias como deberían.

A pesar de que la gran cadena agroalimentaria actual no favorece que se apliquen en todo su potencial estos siete argumentos, su implantación es mayoritaria. La comodidad que aporta su proliferación para el día a día del ciudadano desaprovecha una gran oportunidad para el desarrollo de la economía local y la actividad social que, a mi entender, deberían articularse en torno al consumo de alimentos.

A pesar de ello, como analizaremos en el último artículo de la serie, existen alternativas que proliferan en forma de distintos modelos de negocio y que aportan un valor especial a cada uno de los postulados que la gran cadena alimentaria no atiende.

La aproximación de estas nuevas propuestas al mercado agroalimentario definirá un nuevo rol de consumidor más comprometido con el desarrollo social y económico local. Y, por su propia idiosincrasia, sitúan al consumidor individual en un espacio central del proceso. En definitiva, el comprador de productos agroalimentarios deja de ser un simple receptor de ofertas, en un esquema vertical de compra, para ejercer de nodo activo de un modelo en red, con un conocimiento más palpable del beneficio que genera su comportamiento como consumidor.

Fotografía de Nick SaltmarshEn el primer artículo de esta serie situaba a los lectores en la tesitura de su enorme responsabilidad a la hora de favorecer o no un determinado modelo de consumo agroalimentario como fórmula para favorecer (o no) el desarrollo social y económico de un territorio.

En definitiva, indicaba que la gran cadena alimentaria, que controla gran parte del mercado, solo se preocupa por regular los precios cumpliendo los estándares de calidad establecidos.

La visión que reflejan estos artículos se contrapone a la voluntad política actual, que incide en la necesidad de crear grandes cooperativas para promover la exportación de productos y la desatomización del sector. Es decir, pocos y grandes para ser comercialmente más competitivos.

Pero ¿qué provoca o, mejor dicho, a qué no beneficia el modelo de la gran cadena alimentaria? A continuación, enumero una serie de premisas que considero básicas y que el consumo agroalimentario debería proporcionar.

1. Consumo local, beneficio económico local. La compra de productos que recorren gran distancia no favorece que esta premisa se cumpla y el beneficio económico de nuestro comportamiento es abstracto para la mayoría de consumidores, ya que desconocen quiénes se enriquecen a costa de nuestros hábitos de compra.

2. Conexión entre productor y consumidor. No conocemos quién es el productor, pero confiamos en que la gran cadena alimentaria regule la calidad de los productos y no cometa errores. De hecho, este es un punto fuerte de la gran cadena alimentaria: la calidad de los productos está asegurada. No tengo datos para contradecir este activo del sistema dominante, pero sí que podemos visualizar fallos relevantes.

3. Conocimiento en torno al producto de consumo. La gran cadena alimentaria no obstaculiza la presencia de intermediarios, si estos son clave para que el producto consiga un precio óptimo de mercado. Pero la consecuencia de la intermediación es una barrera al conocimiento del propio producto.

4. Pedagogía en torno al consumo agroalimentario. La gran desconexión con el productor no propicia que se pueda realizar una tarea pedagógica (social, cultural y económica) sobre el beneficio del consumo de productos de proximidad.

5. Resiliencia del territorio. La capacidad de resistencia de un espacio geográfico será más vulnerable, en caso de crisis, si su modelo de consumo alimentario se basa en la importación y/o si su modelo económico se basa en la exportación de la producción local.

6. Cohesión social. La actividad agroalimentaria es, también, una oportunidad para integrar a la comunidad en grupos sociales que −por sus características− tienen una especial dificultad para encontrar una ocupación laboral.

7. Sostenibilidad medioambiental. El largo transporte que sufren los productos que consumimos genera un impacto en el medioambiente. Las reglas (calidad aceptable al mejor precio) de la cadena de valor no inciden en el transporte y sus consecuencias como deberían.

A pesar de que la gran cadena agroalimentaria actual no favorece que se apliquen en todo su potencial estos siete argumentos, su implantación es mayoritaria. La comodidad que aporta su proliferación para el día a día del ciudadano desaprovecha una gran oportunidad para el desarrollo de la economía local y la actividad social que, a mi entender, deberían articularse en torno al consumo de alimentos.

A pesar de ello, como analizaremos en el último artículo de la serie, existen alternativas que proliferan en forma de distintos modelos de negocio y que aportan un valor especial a cada uno de los postulados que la gran cadena alimentaria no atiende.

La aproximación de estas nuevas propuestas al mercado agroalimentario definirá un nuevo rol de consumidor más comprometido con el desarrollo social y económico local. Y, por su propia idiosincrasia, sitúan al consumidor individual en un espacio central del proceso. En definitiva, el comprador de productos agroalimentarios deja de ser un simple receptor de ofertas, en un esquema vertical de compra, para ejercer de nodo activo de un modelo en red, con un conocimiento más palpable del beneficio que genera su comportamiento como consumidor.

Fotografía de Nick SaltmarshEn el primer artículo de esta serie situaba a los lectores en la tesitura de su enorme responsabilidad a la hora de favorecer o no un determinado modelo de consumo agroalimentario como fórmula para favorecer (o no) el desarrollo social y económico de un territorio.

En definitiva, indicaba que la gran cadena alimentaria, que controla gran parte del mercado, solo se preocupa por regular los precios cumpliendo los estándares de calidad establecidos.

La visión que reflejan estos artículos se contrapone a la voluntad política actual, que incide en la necesidad de crear grandes cooperativas para promover la exportación de productos y la desatomización del sector. Es decir, pocos y grandes para ser comercialmente más competitivos.

Pero ¿qué provoca o, mejor dicho, a qué no beneficia el modelo de la gran cadena alimentaria? A continuación, enumero una serie de premisas que considero básicas y que el consumo agroalimentario debería proporcionar.

1. Consumo local, beneficio económico local. La compra de productos que recorren gran distancia no favorece que esta premisa se cumpla y el beneficio económico de nuestro comportamiento es abstracto para la mayoría de consumidores, ya que desconocen quiénes se enriquecen a costa de nuestros hábitos de compra.

2. Conexión entre productor y consumidor. No conocemos quién es el productor, pero confiamos en que la gran cadena alimentaria regule la calidad de los productos y no cometa errores. De hecho, este es un punto fuerte de la gran cadena alimentaria: la calidad de los productos está asegurada. No tengo datos para contradecir este activo del sistema dominante, pero sí que podemos visualizar fallos relevantes.

3. Conocimiento en torno al producto de consumo. La gran cadena alimentaria no obstaculiza la presencia de intermediarios, si estos son clave para que el producto consiga un precio óptimo de mercado. Pero la consecuencia de la intermediación es una barrera al conocimiento del propio producto.

4. Pedagogía en torno al consumo agroalimentario. La gran desconexión con el productor no propicia que se pueda realizar una tarea pedagógica (social, cultural y económica) sobre el beneficio del consumo de productos de proximidad.

5. Resiliencia del territorio. La capacidad de resistencia de un espacio geográfico será más vulnerable, en caso de crisis, si su modelo de consumo alimentario se basa en la importación y/o si su modelo económico se basa en la exportación de la producción local.

6. Cohesión social. La actividad agroalimentaria es, también, una oportunidad para integrar a la comunidad en grupos sociales que −por sus características− tienen una especial dificultad para encontrar una ocupación laboral.

7. Sostenibilidad medioambiental. El largo transporte que sufren los productos que consumimos genera un impacto en el medioambiente. Las reglas (calidad aceptable al mejor precio) de la cadena de valor no inciden en el transporte y sus consecuencias como deberían.

A pesar de que la gran cadena agroalimentaria actual no favorece que se apliquen en todo su potencial estos siete argumentos, su implantación es mayoritaria. La comodidad que aporta su proliferación para el día a día del ciudadano desaprovecha una gran oportunidad para el desarrollo de la economía local y la actividad social que, a mi entender, deberían articularse en torno al consumo de alimentos.

A pesar de ello, como analizaremos en el último artículo de la serie, existen alternativas que proliferan en forma de distintos modelos de negocio y que aportan un valor especial a cada uno de los postulados que la gran cadena alimentaria no atiende.

La aproximación de estas nuevas propuestas al mercado agroalimentario definirá un nuevo rol de consumidor más comprometido con el desarrollo social y económico local. Y, por su propia idiosincrasia, sitúan al consumidor individual en un espacio central del proceso. En definitiva, el comprador de productos agroalimentarios deja de ser un simple receptor de ofertas, en un esquema vertical de compra, para ejercer de nodo activo de un modelo en red, con un conocimiento más palpable del beneficio que genera su comportamiento como consumidor.

Fotografía de Nick Saltmarsh

2 Comments

  1. Pingback: El (no) valor de la importación – exportación de alimentos (III) | Ricard Espelt

  2. Pingback: El (no) valor de la importación – exportación de alimentos (III) | Ricard Espelt

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *